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Demarcados del Río de
la Plata
A
principios del siglo XIX, Buenos Aires era una ciudad en la
los amantes del buen comer contaban con una rica variedad de
productos manducables, y buenos precios.
En el periódico Correo de Comercio, fundado por Manuel
Belgrano en 1809, se ofrecía azúcar importada de la Habana y
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Río de
Janeiro; la primera resultaba un poco mas cara que la
segunda. También se anunciaba la venta de doce botellas de
cerveza, a un precio aproximado de seis pesos actuales ; y
el 12 de mayo de 1810 el bergantín Santa Ana del Sacramento,
descarga en el puerto mil cocos, tres negros y dos mil rajas
de leña.
El medio kilogramo de pimienta se cotizaba en diez pesos, y
una pipa de vino Carlón oscilada entre cien y ciento quince
pesos, para comprar una pipa de vinagre había que pagar unos
cincuenta pesos. Las naves que tocaban el puerto de Santa
Maria de los Buenos Aires solían traer canela, clavo de
olor, y especies varias, mostazas, licores, aceite de oliva
y utensillos culinarios tales como ollas, sartenes,
cuchillos; las damas porteñas esperaban el arribo de los
barcos para hacerse de vajilla de porcelana, mantelería de
hilo y lino y menajes varios; desde copas de cristal hasta
cubiertos de plata, aunque entre estos últimos eran muy
cotizados los llegados desde el Alto Perú.
Por supuesto, no todo lo comprable era para mesa.
En los mercados de Plaza de Mayo, de San Nicolás y de
Monserrat se podía adquirir paraguas ingleses, negras con
sus hijos, esclavas bien pechonas, casadas pero sin
cohabitación con su marido, amas de leche y botellas de
agua, miel, santo remedio contra la gota y garantía absoluta
de castidad para doncellas y para casadas con maridos
lejanos.
En los mercados todos los días se instalaba el panadero,
quien voceaba sus hogazas de francés recién horneado, un pan
blanco con marcado sabor a levadura fresca; los carniceros
trabajaban hasta el cansancio porque vendían un producto
abundante y barato, infaltable hasta en la mesa más pobre.
En aquella Buenos Aires, y en el Virreynato en general, se
comía mucha carne de novillo, de ternera, de gallina , de
cordero, de conejo, y de liebre; dos pollos costaban unos
dos pesos, de aquellos años, un pavo unos cuatro, y una
bolsa de diez perdices uno.
Los pescadores se instalaban en los mercados después de
media mañana, pues cada madrugada salían en pareja, en
carreta o caballo a tender sus redes lo más lejos de la
Feria Callao y Córdoba
costa, hasta que el agua les diese por el pecho. La oferta
de pescado fresco o salado era muy variada, los porteños
podían comprar lenguado, lisa, pejerreyes, bagres, anguilas,
corvinas, pez gallo y anchoas; todas ellas capturadas del
río de la Plata o desde las playas donde las aguas de éste
se mezclan con el océano Atlántico, a la altura de
Samborombón.
Del río Paraná se obtenía pacús, surubíes, patíes, sábalos,
y bogas, pero los pescadores en esas aguas utilizaban una
metodología diferente, pronto abandonaron la captura
unitaria de ejemplares mediante flechas y lanzas, como lo
hacían los primitivos guaraníes, e inventaron el espinel, es
decir una larga soga arrojada al río de la cual, a
distancias regulares pendían líneas con anzuelos encarnados.
Los espinales se lanzaban sobre la
medianoche y se recogían a la madrugada siguiente, las
presas se cargaban en los botes de los pescadores y así eran
llevados hasta la costa. En las provincias del litoral
mesopotámico se consumía más pescado que en Buenos Aires.
Tanto en los mercados como en las pequeñas despensas que
comenzaron a abrirse en la capital y en otras ciudades del
país todos los días se podía conseguir buenos y frescos
vegetales. Los vendedores anunciaban en sus carteles trigos,
minestras y verduras, durazno, sandias, lechugas, en casi
todas sus variantes, entre otros productos.
En Buenos Aires, las mejores quintas eran las de San Isidro,
pero las hortalizas más preciadas eran las que se cultivaban
en las afueras de Montevideo.
En Mendoza se cultivaban aceitunas, manzanas, arvejas,
porotos y lentejas; y se fabricaban codiciados dulces de
ciruelas, de higo y de guindas; y Córdoba era famosa por sus
mermeladas pero sobre todo por las roscas dulce que allí se
hacían en las llamadas casas del azúcar. Estas cocinas
reposteras funcionaban en casi todos los conventos, y
estaban a cargo de los denominados rosqueteras, mujeres
especializadas en esos almibarados quehaceres. No había
pulpería en la que faltasen roscas, siendo muy famosas las
elaboradas por las damas cordobesas de la Merced.
Las gargantas secas se aliviaban con limonadas, jugos de
banana o naranja, y otras frutas, pero sobretodo con mucho
mate. Sin embargo, el beber también era los degustadores de
alcoholes varios; el aguardiente, era para consumo de clases
bajas y entre los más preciados eran los que llegaban de
Santiago de Chile, de Mendoza y San Juan. Los vinos de Cuyo
y de Catalunia, especialmente el Carlón, nunca faltaba en
las mesas bien servidas, pero los argentinos de aquellos
supieron que se trataba de brandy, el coñac y hasta la
champaña francesa.
En Buenos Aires, a la hora de hacer las compras, el lugar
más concurrido era el mercado de la Plaza de Mayo, donde al
principio los vendedores actuaban desde los estribos de sus
propias carretas; los puestos y barrancones recién fueron
instalados en la década del ochenta. En la vieja Recova
funcionaban algunas carnicerías y verdulerías; la clientela
empezaba a llegar a partir de las siete de la mañana y las
ventas de verduras y pescados nuca concluían antes de las
diez.
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