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Saberes

El Pan

Los que hacemos un culto a las pastas del domingo o del asado del domingo, sabemos por experiencia que la mesa no esta puesta mientras falte el pan.

 

Lo buscamos como aliado para atacar el huevo frito, le ponderamos sus calorías, le damos gracia por transformarse rápidamente en sándwich cuando llegamos del trabajo, y es lo que más extrañamos cuando el nutricionista nos pone a dieta. Sencillamente lo

adoramos. Sin  embargo como amantes despechados, lo llevamos a la mesa sin cuidado y lo comemos despojados de toda elegancia. Hasta lo obligamos a acomodarse donde pueda, entre platos, copas y botellas. Basta una vuelta por la jungla de cemento para comprender la seguidilla de maltratos.

La fauna argentina que se alimenta con harinas comprende varias especies: las que arrasa las paneras de los restaurantes antes que llegue el primer plato; la que hace desaparecer la tajada bajo un baño de manteca y hasta la que lo corta con cuchillo sobre el metal.

En conclusión, humilde como los ingredientes que dan la vida, el alimento de los alimentos soporta desaires sin chistar. Pero lo cierto es que su vasta trayectoria lo hace merecedor de mucha más consideración.

Hay que recordar que, gracias a la milagrosa masa que Jehová arrojaba desde el cielo, el pueblo hebreo sobrevivió en el desierto mientras huía de Egipto y que es el material transustanciado de la comunión cristiana.

Además de símbolo de vida, es el regalo de Dios para el Corán, el dulce mendrugo de la pobreza medieval, y hasta musa inspiradora de geniales artistas como Leonardo da Vinci o Salvador Dalí, quien pinto en su honor una enorme colección de obras surrealistas.

Sin necesidad de invitar amigos con el ceremonial de una cancillería, ni mucho menos hacerle sentir a los nuestros que tienen que deglutir las tostadas con la etiqueta del palacio de Backingham, vale la pena incorporar ciertas reglas básicas, que en

pequeñas dosis, nos ayudaran a encontrar en lo cotidiano, los secretos del “ bon vivant”

Si nos trasladamos a Medio Oriente , es natural que la masa de harina y agua tome el lugar de los cubiertos, pero en una sociedad tan moldeada por costumbres foráneas como la nuestra, el acto de “ ensopar” es considerado un acto de mal gusto, ( casi una grosería) reservado sólo para la intimidad de la cocina, y en lo posible sin testigos,.

Ocurre que la forma de conducirnos en la mesa y de recibir los alimentos, está impregnadas de reglas de etiqueta inglesas y francesas, que irrumpieron como una gran ola sobre nuestra cultura, a fines del siglo XIX gracias a la puerta abierta que dejaron nuestros próceres por considerar civilizado sólo que llegaba de Europa.

Así, entre loza made in England e institutrices británicas que importaban los criollos para enseñar a su prole el arte de comportarse en sociedad, se impuso con más fuerza la etiqueta francesa, que dispone el armado que conocemos de la mesa y que señala que el pan debe ir en un platito individual, a la izquierda del plato principal, por encima de los tenedores en línea recta con las copas .

Si consideramos que hasta el siglo XVI todo el mundo comía con las manos, podemos aventurarnos a suponer que las reglas de etiqueta responden a causas azarosas. Sin embargo, los múltiples registros históricos que existen en torno a la simbología del pan y a la ubicación que tuvo siempre en la mesa religiosa nos habilitan para hacer ciertas asociaciones libres sobre este longevo matrimonio.

 

Cada cosa en su lugar
 

Matzá

Por ejemplo, el libro de” Cocina judía, tradición y variaciones” ; nos cuenta que el Matza, pan ácimo sin levadura que se prepara para la celebración de Pésaj ( cuando el pueblo hebreo festeja haberse liberado de la dominación de Egipto) se la ubica en la mesa junto a la jarra de vino y que el jalá pan horneado en forma de pájaro que simboliza el deseo de que las plegarias, asciendan al cielo, se presenta en la mesa de Yom Kipur y Rosh Hashaná escoltado siempre por el jugo de la vid que debía estar muy cerca del alimento estrella.

Pero la ceremonia no termina con la correcta ubicación.

Para el Conde de Chikkof, un erudito en el arte de poner bien la mesa, “ hoy a diferencia de otras épocas, el pan es un complemento; no una comida”. De ahí que, quien no quiera ser tildado de mal educado, deberá abstenerse de tomarlo antes del primer plato.

¿ Dónde lo apoyamos? ¿ Cómo se corta? ¿ Cuándo se come?. Si en la mesa hay un pequeño plato a la izquierda, el pan debe apoyarse en él, pero en caso de que no

Jalá

exista, nunca sobre el plato principal. Se deposita directamente sobre el mantel. El alimento en cuestión, no se corta con cuchillo, ni se come entero ; se desgarra con ambas manos sobre el platito, hasta obtener pequeños trozos que quepan en la boca sin dificultad. Cuando hay algún queso o manteca, nada de cubrir el pan como una tostada. Con cuidado y mucha atención, sólo se unta con una espátula un trocito y se lleva a la boca con la mano derecha.

En conclusión, podemos guardarlo en bolsas, latas y hasta en el freezer, pero en la mesa el pan merece un ritual acorde con su estirpe.

Una linda costumbres que, como los buenos modales no cotiza en bolsa; una fuente de satisfacción personal que cuando se prueba nunca más se abandona.


 

 

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Saberes y Sabores

 Rodrigo Gómez Lencina

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